sábado, 27 de octubre de 2007
UNO
Puedo oír los pasos de las personas que pasan arrastrando los pies por la vereda, repleta de hojarascas. Los pasos de una chica que lejos, en otra casa, baja las escaleras y el ruido de sus pies descalzos se confunde con el ruido de la noche que es igual y distinto en todas partes. Cómo un leve estremecimiento de juncos desvalidos. Entonces me levanto de mi cama que parece flotar en una oscura levitación y me pregunto: ¿Qué hago en esta casa?
La valija ya esta lista, no tiene demasiadas cosas, bah lo imprescindible: algunos libros, unos discos y unos cuantos papeles arrugados, en los cuales, tal vez anidan todas las ilusiones que me he hecho en todo esto tiempo que pasó. Ilusiones, sueños que fui desparramando a lo largo de hojas que masticaba el insomnio… Apuntes con los que se llenaban noches imposibles, transitadas con la mente a oscuras …
Apenas trasponga la puerta, empezará el camino hacia el encuentro… ese encuentro que a lo largo de los años, permaneció irredento, cómo si se tratara de un sitio lejano, secreto, paradisíaco, casi inconcebible en la sórdida cotidianeidad de los días pasados …
Lady Ligeia aguarda, tal vez se recuerda niña, la niña que era entonces, cuando su persona apenas si alcanzaba a proyectar una delgada sombra sobre la tierra, bajo el sol del verano, y sobre cuya cabeza cubierta de ágiles mariposas pasaban lentamente las nubes …
El encuentro, imagino, será como una fiesta: el mundo, nuestro mundo y su muchedumbre de cosas. Todo fiesta; hasta el dolor y la alegría fiesta y goce …
Algo que se inicia con la misma violencia dulce de la alborada, que eclosiona al pie de un árbol, en medio del bosque; y crece hasta devorarlo todo de luz...
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